viernes, julio 31, 2009

La hoz (para una colección de paseos veraniegos)

¿Y qué decir de esta vieja compañera que nunca conocimos en nuestra mano? ¿Y de cuándo la movemos hacia fuera, empecinados en acabar con hierbas que crecen vecinas a muros y bordillos?
Recuerdo la zoqueta, que rimaba puntiaguda con la hoz y que se me hacía incomprensible en el mundo incauto del niño que era yo según las últimas estadísticas. Recuerdo que no sabía que se llamaba zoqueta y que la cebada no valía mucho.
Ahora la hoz es un recurso estético y estéril del jardinero, por no dejarla allí tirada explicaremos, y la zoqueta desapareció de la casa, como la cebada, la trilladora pintada de rosa y la verdura pintada de amarillo agosto de las eras. Ahí se queda, la amolaremos bien para el próximo junio.

jueves, julio 30, 2009

Remachadora (para una colección de paseos veraniegos)

La remachadora nos asombra con su hábil y arquimediano ejercicio sobre lo sólido. Descubre lo fluido de lo sólido, como la cizalla y como la cizaña. Sus brazos largos piden un sólido y un mundo y yo con medio cuerpo fuera, mientras intento recomponer el tendedero, me pregunto por las palancas nada sutiles que me ponen en marcha para salir en estas descubiertas, en estos paseos, a que el bricolaje obliga.

miércoles, julio 29, 2009

Las bicicletas pesadas (para una colección de paseos veraniegos)

Mi bicicleta pesa lo suyo y me sube cuando yo la subo desde el pantano hasta mi casa, 200 metros de desnivel como doscientos soles a plomo de este mediodía. La bicicleta popular, gorda como un tordo gordo, nos desencaja con su prestigio montuno y sus ruedas que no desentonarían en una tractorada y que nos vuelve a encajar cuando falsamente pensamos que con una bici ligera como las que se compran los que saben andar en bici, subiríamos con la ligereza de un espíritu alado, armónicos y flexibles como juncos o como el comedero pensativo de un jumento; con una souplesse alelada de nuestras caderas como orejas, valga el oxímoron

martes, julio 28, 2009

Cuatro calles (para una colección de paseos veraniegos)

Los días en ciudades pequeñas y con un propósito definido y que ocupe suficiente número de horas se concentran inevitablemente, de no mediar una buena dosis de fuerza de voluntad, en un circuito limitado que busca -y ello depende de la época del año- la sombra o el sol, o que los ha encontrado ya y que se repite en su analema de pasos cortos y perezas incrementadas.
Por su lado, las ciudades pequeñas pespuntean sus mañanas y tardes de batallas antiguas entre los canónigos y los alcaldes, o entre las fortunas viejas y las que no acaban de aterrizar. Por si no fuera suficiente con ello, amenizan las esperas del viajero con cierres de establecimientos alguna vez gratos y con la correspondiente y paralela eclosión sustitutoria de oficinas bancarias y escaparates que ofrecen mercancías que se producen lejos, allá de donde proceden los viajeros y los turistas, determinados a devolverlas a su origen.
Los burgos podridos al sol que aprendieron a disociar representación política de poder efectivo saludan al visitante curioso con aire de anciana virgen, consagrada para siempre a una empresa absurda e irrepetible. Han aprendido a esconder en qué bolsillo están.

Tomado de J. R. Ewing, Viajes por llanuras y mesetas, Fort Worth, Trinity Books, 1991.

lunes, julio 27, 2009

School for Scandalous Heat (para una colección de paseos veraniegos)

Las camisas y sus alegres cromatografías de sal, sales y sudor. Un lavado por semana y otra semana para el lavado. Lo esencial de aquel verano era el modo como entramos a considerar la nueva vida una vida normal, o hasta la vida. El núcleo de aquel verano era la afectación del horizonte en aquella región esteparia e infranqueable.
Dos veranos después, nos estaban esperando aquellos parajes como esperan los fantasmas sepultados que casualidad simple o el disfraz político de un concienzudo programa haga ver la luz al yacimiento arqueológico y pomposo, viscoso y mancomunado.
El calor era también el antepredicamento de todas nuestras inconsecuencias y pequeños reveses, una ontología que se atenuaba en el crepúsculo, en las horas translúcidas del amanecer, en el cuerpo de guardia, en la prevención, en el calabozo.

Pako Gabikakoetxea, El verano de la más alta torre, Villanueva de Mena, Libros Cuatro Rosas, 2009.

domingo, julio 26, 2009

Piscina a lo ancho (para una colección de paseos veraniegos)

Tirarse de cabeza cuando no es metáfora y es literal en la piscina azul de tanta alcachofa. El discente niega cualquier dolor tras la tripada progresiva. Ése es el triunfo de la pedagogía. Es el alumno ha emprendido el viaje exigente de su obcecación sagrada.
Se ha comprobado con ciencia y con rigor que las lecciones de zambullida se imparten casi siempre por la tarde y mirando al oeste, desde donde el Sol no deja de calentar el agua y de movernos a improvisar viseras, contraatacadas desde el reflejo que parte del agua y de otros segundos cielos.
Más tarde aún, el Sol y la toalla enjugan las esférulas de luz que permanecen sobre la piel de los bañistas, un tanto decepcionados, todo hay que decirlo. En la piscina se entretienen extraños animales procedentes de un mundo perdido, de una sentina abarrotada de infatigables depuradoras y sus orines de décadas, un museo que atesora algunos bañadores Meyba.

Tomado de Joaquín Javier Pi y Pi, Compás entre equinoccios dislocados, Lemóniz - Gatica - Amherst, Cuadernos ingrapables, 2009.